viernes, 17 de enero de 2014

Sociedad humana: ética y política

ÍNDICE

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE: LA ÉTICA
CAPÍTULO I: Orígenes de las creencias y sentimientos éticos
CAPÍTULO II: Códigos morales
CAPÍTULO III: La moralidad como medio
CAPÍTULO IV: Lo bueno y lo malo
CAPÍTULO V: Bienes parciales y generales
CAPÍTULO VI: La obligación moral
CAPÍTULO VII: El pecado
CAPÍTULO VIII: Controversia ética
CAPÍTULO IX: ¿Existe un conocimiento ético?
CAPÍTULO X: La autoridad en la ética
CAPÍTULO XI: Producción y distribución
CAPITULO XII: Ética supersticiosa
CAPÍTULO XIII: Sanciones éticas

SEGUNDA PARTE: EL CONFLICTO DE LAS PASIONES
CAPÍTULO I: De la ética a la política
CAPÍTULO II: Deseos políticamente correctos
CAPÍTULO III: Previsión y habilidad
CAPÍTULO IV: Mito y magia
CAPÍTULO V: Cohesión y rivalidad
CAPÍTULO VI: La técnica científica y el futuro
CAPÍTULO VII: ¿Resolverá la fe religiosa nuestros problemas?
CAPÍTULO VIII: ¿Conquista?
CAPÍTULO IX: Hacia una paz estable
CAPÍTULO X: Prólogo o epílogo


PREFACIO
Los nueve primeros capítulos de este libro fueron escritos entre 1945 y 1946, el resto en 1953, excepto el capítulo II de la 2ª parte que fue la conferencia que di en Estocolmo con motivo de la entrega del Premio Nobel de Literatura. En un principio había pensado incluir la discusión sobre la ética en mi libro Human Knowledge, pero decidí no hacerlo porque no estaba seguro de en qué sentido la ética puede ser considerada como “conocimiento”.
Este libro tiene dos propósitos: primero, exponer una ética no dogmática; y segundo, aplicar esta ética a varios problemas políticos actuales. No hay nada de excesivamente original en el sistema ético desarrollado en la primera parte de este libro, y no estoy seguro de que hubiera pensado que valía la pena exponerlo de no ser por el hecho de que, cuando hago juicios éticos sobre cuestiónes políticas, los críticos me dicen constantemente que no tengo derecho a hacerlos, ya que no creo en la objetividad de los juicios éticos. No creo que esta crítica sea válida, pero demostrar que no es válida requiere un cierto desarrollo que en modo alguno puede ser breve.
La segunda parte de este libro no intenta ser una teoría política completa. He tratado varias partes de la teoría política en libros anteriores, y en este libro sólo trato aquellas partes que, además de estar íntimamente relacionadas con la ética, tienen una importancia práctica urgente en el momento actual. He pensado que, al colocar nuestros problemas actuales en un marco muy impersonal, puedo afrontarlos con menos calor, menos fanatismo y menos preocupación y enojo de lo que es frecuente cuando son considerados sólo en un contexto contemporáneo.
Espero también que este libro, que trata todo el tiempo de las pasiones humanas y de sus efectos sobre el destino humano, pueda ayudar a disipar un malentendido no sólo sobre lo que he escrito, sino sobre todo lo que han escrito aquellos con quienes estoy completamente de acuerdo. Los críticos tienen la costumbre de lanzar cierta acusación contra mí que me hace pensar que se acercan a mis obras con una idea preconcebida tan fuerte que son incapaces de darse cuenta de lo que digo en realidad. Se me dice una y otra vez que sobreestimo el pepel de la razón en los asuntos humanos. Esto puede significar que creo que la gente es o debería ser más racional de lo que mis críticos creen que es. Pero creo que hay un error previo por parte de mis críticos, y es que ellos, no yo, sobreestiman de forma irracional el papel que la razón es capaz de juzgar, y esto se produce, creo, por el hecho de que confunden totalmente lo que significa la palabra “razón”.
“Razón” tiene un significado perfectamente claro y preciso. Significa la elección de los medios adecuados para lograr un fin que se desea alcanzar. No tiene nada que ver con la elección de los fines. Pero los enemigos de la razón no se dan cuenta de esto, y piensan que los defensores de la racionalidad quieren que la razón dicte los fines al igual que los medios. En los escritos de los racionalistas no hay nada que justifique esta postura. Hay una frase famosa: “La razón es, y sólo debería ser, esclava de las pasiones.” Esta frase no procede de las obras de Rousseau, Dostoievsky o Sartre, sino de la de David Hume. Expresa una opinión que yo, como todo hombre que intenta ser racional, apruebo por completo. Cuando se me dice, como ocurre con frecuencia, que apenas tengo en cuenta el papel que juegan las emociones en los asuntos humanos, me pregunto qué fuerza motora supone el crítico que considero dominante. Los deseos, las emociones, las pasiones (se puede elegir la palabra que se desee) son las únicas causas posibles de la acción. La razón no es la causa de la acción, sino sólo un regulador. Si yo deseo ir a Nueva York en avión, la razón me dice que es mejor coger un avión que vaya a Nueva York, que uno que vaya a Constantinopla. Supongo que aquellos que me consideran excesivamente racional, creen que debería impacientarme tanto en el aeropuerto como para coger el primer avión que viera, y cuando éste aterrizara en Constantinopla debería maldecir a la gente que me encontrara por ser turcos en vez de americanos. Esta sería una forma de comportamiento adecuada y enérgica, y contaría, supongo, con el elogio de mis críticos.
Un crítico me objeta que digo que sólo las pasiones malas impiden la realización de un mundo mejor, y aún más, pregunta de modo triunfal: “¿son todas las emociones humanas necesariamente malas?” En el mismo libro en que el crítico me hace esta objeción, digo que lo que el mundo necesita es amor cristiano o compasión. Esto es seguramente una emoción, y al decir que esto es lo que necesita el mundo, no sugiero que la razón sea una fuerza conductora. Sólo puedo suponer que al no ser esta emoción ni cruel ni destructiva, no resulta atractiva para los apóstoles de la sinrazón.
¿Por qué se da entonces esta pasión violenta que hace que cuando la gente me lee sea incapaz de darse cuenta de la afirmación más evidente, y siga cómodamente pensando que digo exactamente lo contrario de lo que en realidad digo? Hay varios motivos que pueden llevar a la gente a odiar la razón. Se pueden tener deseos incompatibles y no querer darse cuenta de que son incompatibes. Se puede desear gastar más de lo que se posee y, sin embargo, quere seguir siendo solvente. Y esto puede hacer que odies a tus amigos cuando te muestran los fríos cálculos de la aritmética. Se puede, si eres un profesor a la antigua, desear creer que estás lleno de bondad universal, y al mismo tiempo sentir un gran placer en pegar a los chicos. Para reconciliar estos dos deseos tienes que convencerte de que el castigo físico tiene influiencia correctora. Hay un ejemplo formidable de este modelo en la furiosa diatriba del gran doctor Arnold de Rugby contra aquellos que estaban en contra de las palizas.
Existe otro motivo más siniestro para aprobar la irracionalidad. Si los hombres son suficientemente irracionales, se les puede inducir a que sirvan a tus intereses bajo la impresión de que están sirviendo a los suyos propios. Este caso es muy corriente en la política. La mayoría de los líderes políticos adquieren su posición al lograr que un gran número de personas crean que estos líderes se mueven por deseos altruistas. Es bien sabido que esta creencia se adopta con más facilidad bajo la influencia de la excitación. Las bandas, la oratoria de multitudes, el linchamiento y la guerra son etapas en el desarrollo de la excitación. Supongo que los que defienden la irracionalidad creen que hay una mayor oportunidad de engañar al pueblo provechosamente si lo mantienen en estado de efervescencica. Quizá sea mi aversión por ese tipo de procesos lo que hace que la gente diga que soy excesivamente racional.
Pero pondría a estos hombres ante un dilema: si la razón consiste en una justa adaptación de los medios a los fines, sólo pueden oponerse a ella aquellos que piensan que es bueno que la gente elija medios con los que no puedan lograr sus supuestos fines. Esto supone, o que deberían ser engañados sobre cómo lograr sus supuestos fines, o que sus fines reales no deberían ser aquellos que declaran. El primero es el caso de un pueblo engañado por un führer elocuente. El segundo es el del profesor que disfruta torturando niños, pero que desa seguir considerándose una persona bondadosa. No puedo creer que sea moralmente respetable oponerse a la razón basándose en niguno de estos dos motivos.
Hay otro motivo por el que algunas personas se oponen a lo que ellos creen que es la razón. Piensan que las emociones fuertes son deseables, y que nadie que sienta una emoción fuerte va a razonarla. Parecen pensar que el que tenga un sentimiento fuerte debe perder la cabeza y actuar de forma estúpida, que ellos aplauden porque les demuestra que es apasionado. Sin embargo, no piensan de ese modo cuando su propio engaño tiene consecuencias que a elllos no les gustan. Ninguno, por ejemplo, sostiene que un general debería odiar al enemigo tan encarnizadamente como para ponerse histérico y ser incapaz de actuar razonablemente. No es cuestión, en realidad, de que las pasiones fuertes impidan una apreciación justa de los medios. Hay gente, como el Conde de Montecristo, que tienen pasiones ardientes que conducen sin desviarse a la elección justa de los medios. Que no me digan que los fines de este hombre notable eran irracionales. No existe ningún fin irracional excepto en el sentido de uno que sea imposible de realizar. Los fríos calculadores no son siempre convencionalmente malos. Lincoln calculó friamente durante la Guerra Civil america y fue muy maltratado por los abolicionistas, quienes, como apóstoles de la pasión, deseaban que tomara medidas que parecieran enérgicas, pero que no habrían conducido a la emancipación.
Supongo que la esencia del tema es ésta: que yo no creo que sea bueno estar en ese estado de excitación demente en el que la gente hace cosas que tienen consecuencias totalmente opuestas a lo que desean, como por ejemplo, cuando son atropellados al cruzar una calle porque no pudieron detenerse a observar el tráfico. Aquellos que alababan tal comportamiento, probablemente, o desean ejercer la hipocresía con éxito o sin víctimas de un autoengaño que no son capaces de reconocer como tal. No me da vergüenza pensar mal de ambos casos, y si es por pensar mal de ellos por lo que soy acusado de una excesiva racionalidad, me confieso culpable. Pero si se supone que no apruebo una emoción fuerte, o que creo que todo menos la emoción puede ser causa de acción, entonces niego el cargo del modo más enérgico. El mundo que descarta ver es uno en que las emociones sean fuertes pero no destructivas, y donde, porque están reconocidas, no conduzcan al autoengaño, ya sea al propio o al de otros. Este mundo tendría lugar para el amor, la amistad, la búsqueda del arte y el conocimiento. No puedo esperar satisfacer a aquellos que quieren algo más violento.

miércoles, 15 de enero de 2014

Por qué no soy cristiano

Reflexiones en torno al cristianismo y el sexo

La actitud de la religión cristiana ante el sexo es tan morbosa y antinatural que sólo puede comprenderse si la relacionamos con la enfermedad que atacó el mundo civilizado cuando decayó el Imperio Romano. A veces se oye comentar que el cristianismo ha mejorado la condición de las mujeres; esta es una de las tergiversaciones de la historia más groseras que puedan hacerse. En una sociedad que considera de la máxima importancia que las mujeres sigan a rajatabla un código moral muy estricto, es muy difícil que puedan disfrutar de una posición tolerable. Los sacerdotes han considerado siempre a la mujer como la tentadora, la inspiradora de deseos impuros. La enseñanza tradicional de la Iglesia ha sido y sigue siendo que la castidad es lo mejor, aunque para quienes esto les resulte imposible dejan la posibilidad del matrimonio, porque "más vale casarse que abrasarse", como brutalmente afirma San Pablo. Haciendo indisoluble el matrimonio e imposibilitando todo conocimiento del “Ars Amandi”, la Iglesia logró que la única forma de sexualidad permitida fuera dolorosa, en vez de placentera. La oposición al control de la natalidad parece obedecer al mismo motivo: si una mujer tiene un hijo por año hasta que muere agotada, no es esperable que vaya a encontrar mucho placer en el matrimonio. El concepto de pecado, tal como lo presenta la ética cristiana, provoca un enorme daño: ofrece a la gente una vía de escape para su sadismo considerada legítima e incluso noble. Pongamos como ejemplo el asunto de la prevención de la sífilis. Se sabe que si se toman algunas precauciones el peligro de contraer la enfermedad es mínimo; sin embargo, los cristianos se oponen a la difusión de estos conocimientos médicos porque sostienen que los pecadores deben ser castigados. Mantienen su actitud hasta tal punto que están dispuestos a que el castigo se extienda a las esposas y a los hijos de los pecadores. Actualmente hay en el mundo muchos miles de niños con sífilis congénita que nunca deberían haber nacido, de no haber sido por ese deseo de los cristianos de ver castigados a los pecadores. No comprendo como este tipo de doctrinas promotoras de la más diabólica crueldad pueden ser consideradas moralmente beneficiosas. La actitud de los cristianos respecto al conocimiento de los temas sexuales es sumamente peligrosa para el bienestar humano. Toda persona que considere esta cuestión sin prejuicios sabe que la ignorancia artificial impuesta por los cristianos ortodoxos a los jóvenes es extremadamente dañina para su salud física y mental; además, la mayoría de los niños, cuya única posibilidad es informarse mediante conversaciones “indecentes” , acaba considerando la sexualidad como algo malo y ridículo. No se puede defender que ningún tipo de conocimiento sea indeseable; por eso, yo no pondría ninguna barrera a la libre adquisición de información sexual. Es probable que una persona actúe con menos prudencia cuando se mantiene en la ignorancia que cuando está instruida, por lo cual es absurdo despertar en los jóvenes una sensación de pecado cuando muestran su curiosidad natural acerca de un asunto tan importante. A todos los jóvenes, por ejemplo, les interesan los trenes. Vamos a suponer que se les dice que ese interés por los trenes es malo; imaginemos que se les venda los ojos cada vez que se encuentran en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que se impide que se mencione la palabra "tren" en su presencia, y se crea un misterio impenetrable en torno a los medios de transporte. El resultado no sería hacer que disminuyera su interés por ellos, sino muy por el contrario, los trenes les atraerían más aún, pero con la morbosa sensación del pecado y de lo indecente. Todo muchacho de inteligencia despierta podría llegar a convertirse de ese modo en un neurasténico. Esto es lo que ocurre con la sexualidad, pero como el sexo es mucho más interesante que los trenes el resultado es aún peor. Casi todos los adultos que pertenecen a una comunidad cristiana tienen alguna enfermedad nerviosa que es el resultado del tabú que imperaba en torno al sexo cuando eran niños o adolescentes. Este sentimiento de pecado que les fue implantado artificialmente es una de las causas de la crueldad, la timidez y la estupidez que muestran en etapas posteriores de la vida. No existe ningún motivo racional para impedir a ningún niño que se informe de los asuntos que le interesan, sean sexuales o de cualquier otro tipo. No tendremos jamás una población sana hasta que esto no se lleve a la práctica, lo cual es imposible mientras las Iglesias dominen la política educativa. Es evidente que las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen un elevado grado de perversión ética antes de poder ser aceptadas. El mundo, según nos dicen, fue creado por un Dios que es a la vez bueno y omnipotente. Un Dios que antes de crear el mundo previó todo el dolor y la miseria que iba a contener y que, por tanto, es responsable de ello. Es inútil pensar que el dolor del mundo se debe al pecado; esto simplemente no es cierto, ya que el pecado no produce ni las inundaciones ni las erupciones volcánicas, y aún cuando fuera verdad no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar a un hijo sabiendo que iba a ser un maniaco violento, yo sería el responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que iban a cometer los seres humanos, y a pesar de todo decidió crearlos, Él es el responsable de las consecuencias negativas que han traído los pecados humanos. Lo que dicen habitualmente los cristianos es que el sufrimiento es un medio para purificarse del pecado, y que por tanto el sufrimiento es bueno. Esto es, evidentemente, una racionalización del sadismo, y en todo caso es un argumento muy pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a la sala para niños de algún hospital para que presenciara los sufrimientos que padecen allí, y luego le pediría que insistiera en su idea de que esos niños merecen sufrir. Para poder afirmar algo así, un hombre tiene que destruir todo sentimiento de piedad y de compasión, haciéndose, en suma, tan cruel como el Dios en el que cree. Nadie que piense que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien puede tener intactos sus valores éticos, porque siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria.

Pesadillas de personas eminentes

La pesadilla del teólogo

El eminente teólogo doctor Thaddeus soñó que estaba muerto y se dirigía al cielo, sus estudios le habían preparado y no tuvo ninguna dificultad para encontrar el camino. Llamó a la puerta del cielo y se encontró con un escrutinio más meticuloso de lo que esperaba. -Solicito la admisión -explicó- porque he sido un hombre de bien y he dedicado mi vida a la gloria de Dios.
 -¿Hombre? -dijo el portero-. ¿Qué es eso? y ¿cómo es posible que una criatura tan ridícula como tú haga algo para promover la gloria de Nadie?
El doctor Thaddeus se quedó perplejo. -No es posible que desconozcas al hombre. Debes saber que el hombre es la obra suprema del Creador.
-Lamento herir tus sentimientos -dijo el portero-  pero lo que dices es nuevo para mí. Dudo que nadie de los que estamos aquí haya oído jamás hablar de esa cosa que llamas «hombre». Sin embargo, puesto que pareces afligido, tendrás la oportunidad de consultar a nuestro bibliotecario. El bibliotecario, un ser globular con mil ojos y una boca, bajó algunos de sus ojos hacia el doctor Thaddeus.
-¿Qué es esto? -le preguntó al portero,
-Esto dice ser miembro de una especie llamada «hombre» que vive en un lugar de nombre «Tierra». Tiene la curiosa idea de que Alguien se interesa especialmente por ese lugar y esta especie. Pensé que quizá podrías ilustrarle.
 -Bueno -dijo amablemente el bibliotecario al teólogo-, tal vez puedas decirme dónde está ese sitio que llamas «Tierra».
 -Forma parte del Sistema Solar.
-¿Y qué es el Sistema Solar? -preguntó el bibliotecario.
-Pues.., -replicó el teólogo- mi campo era el conocimiento sagrado y lo que preguntas pertenece al conocimiento profano. No obstante, he aprendido lo suficiente de mis amigos astrónomos para poder decirte que el sistema solar forma parte de la Vía Láctea.
-¿Y qué es la Vía Láctea? -preguntó el bibliotecario.
-Es una de las galaxias, de las que, según me han dicho, existen unos cien millones.
-Bueno, bueno -dijo el bibliotecario-. No esperarás que recuerde una entre un número tan elevado. Pero sí recuerdo haber oído antes la palabra «galaxia». De hecho, creo que uno de nuestros bibliotecarios auxiliares está especializado en galaxias. Llamémosle y veamos si puede ayudarnos.
Poco después se presentó el bibliotecario auxiliar galáctico, que tenía la forma de un dodecaedro. Era evidente que en otro tiempo su superficie había sido brillante, pero el polvo de los estantes le había vuelto mortecino y opaco. El bibliotecario le dijo que el doctor Thaddeus, al esforzarse por explicar su origen, había mencionado las galaxias, y confiaban en que sería posible obtener información al respecto en la sección galáctica de la biblioteca.
-Bueno, -dijo el bibliotecario auxiliar-, supongo que sería posible con el tiempo, pero como hay cien millones de galaxias y a cada una le corresponde un volumen determinado. ¿Cuál desea esta extraña molécula?
-Es la galaxia llamada Vía Láctea -dijo titubeante el doctor Thaddeus.
-De acuerdo -concluyó el bibliotecario auxiliar-. Lo encontraré, si es que puedo. Unas tres semanas después regresó y dijo que el fichero extraordinariamente eficaz de la sección galáctica le había permitido localizar la galaxia como la número QX 321.762.
-Hemos empleado a los cinco mil funcionarios de la sección galáctica en esta investigación. ¿Desea ver al funcionario encargado especialmente de la galaxia en cuestión? Llamaron al funcionario, que resultó ser un octaedro con un ojo en cada superficie y una boca en una de ellas. Estaba sorprendido y deslumbrado al verse en una región tan brillante, lejos del umbrío limbo de sus estanterías. Se sobrepuso y preguntó con timidez: -¿Qué desean saber acerca de una galaxia?
El doctor Thaddeus se lo explicó: -Quiero informarme sobre el Sistema Solar, una serie de cuerpos celestes que giran alrededor de una de las estrellas de su galaxia. La estrella en cuestión se llama «Sol».
-Hum dijo el bibliotecario de la Vía Láctea-. Ha sido bastante difícil encontrar la galaxia precisa, pero encontrar la estrella precisa en la galaxia es mucho más difícil. Sé que hay unos trescientos mil millones de estrellas en la galaxia, pero mis conocimientos no me permiten distinguir una de otra. Creo, sin embargo, que cierta vez la Administración pidió la lista completa de los trescientos mil millones de estrellas y sigue guardada en el sótano. Si cree que merece la pena, emplearé a un grupo especial del Otro Lugar para que busquen esa estrella en particular. Convinieron que, como la cuestión se había planteado y era evidente que el doctor Thaddeus estaba angustiado, siendo en principio interesante que un ser tan rudimentario se presentase de improviso, sería lo mejor que podían hacer.
Varios años después, un tetraedro muy cansado y desalentado se presentó ante el bibliotecario auxiliar galáctico y le dijo: -Por fin he localizado esa estrella particular sobre la que se han pedido informes, pero no entiendo por qué ha despertado el menor interés. Tiene un gran parecido con muchas otras estrellas de la misma galaxia. Es de tamaño y temperatura medios y está rodeada por otros cuerpos mucho más pequeños llamados «planetas». Tras una minuciosa y microscópica investigación, he descubierto que por lo menos algunos de esos planetas tienen parásitos, y creo que esta cosa que ha solicitado los informes debe de ser uno de ellos.
Al llegar a este punto, el doctor Thaddeus rompió en un apasionado e indignado llanto: -¿Por qué, decidme, por qué el Creador nos ocultó a los pobres habitantes de la Tierra que no fuimos nosotros quienes le incitaron a crear los Cielos? Durante mi larga vida le he servido con diligencia, creyendo que se fijaría en mis servicios y me recompensaría con dicha eterna. Y ahora parece que ni siquiera tenía conocimiento de mi existencia. Me decís que soy un animalículo infinitesimal en un pequeño cuerpo que gira alrededor de un miembro insignificante de un grupo formado por trescientos mil millones de estrellas, que sólo es uno entre muchos millones de tales grupos. ¡No puedo soportarlo, y ya no me es posible adorar a mi Creador!.
-Muy bien -dijo el portero-.Porque no hay ningún Creador que adorar, ya que la ilimitada cavidad del Universo es eterna, nada la creó, y todo lo que ves no ha surgido más que de la combinación aleatoria entre los elementos primordiales. Aunque tú, triste homúnculo, en el Gran Libro de la Naturaleza, debes de ser una insignificante errata, con la que no deberíamos haber perdido ni un ápice de nuestra enorme duración temporal. En aquel momento se despertó el teólogo. -El poder de Satán sobre nuestra imaginación durante el sueño es aterrador musitó.

sábado, 11 de enero de 2014

Principios de reconstrucción social

ÍNDICE

Prefacio

I. El principio del progreso
II. El Estado
III. La guerra como institución
IV. La propiedad
V. Educación
VI. El matrimonio y la cuestión de la población
VII. La religión y las iglesias
VIII. Lo que debemos hacer





Capítulo V. Educación


El éxito en producir la disciplina mental es el principal mérito de la educación superior tradicional. Dudo que pueda lograrse si no es obligando o persuadiendo la atención activa sobre un trabajo prescrito. Por esta razón principalmente es por lo que yo no creo que métodos tales como el de la señora Montessori sean aplicables después de que ha pasado la edad infantil. La esencia de su método consiste en dar a elegir las ocupaciones, alguna de las cuales interesa a la mayoría de los niños, y siendo todas instructivas. La atención del niño es completamente espontánea, como en sus juegos; goza adquiriendo conocimientos por este medio y no adquiere otro conocimiento sino el que desea. Estoy convencido de que éste es el mejor método de educación para los niños pequeños: los resultados actuales hacen imposible pensar de otro modo. Pero es difícil ver cómo este método traería una intervención voluntaria de la atención. Muchas cosas que se deben enseñar carecen de interés, y aun aquellas que son interesantes al principio se hacen frecuentemente fastidiosas antes de que se las considere en toda la extensión necesaria. El poder de prestar una atención prolongada es muy importante y difícil de ser adquirido plenamente si no es por un hábito inducido originariamente por una presión exterior. Algunos pocos muchachos, es verdad, tienen suficientes deseos intelectuales para querer sostenerse todo lo que es preciso por su propia iniciativa y libre voluntad; mas para todos los demás se requiere una inducción externa en orden a hacerles aprender alguna cosa a fondo. Entre los reformadores de la educación hay cierto temor a exigir grandes esfuerzos, y en una gran parte de la gente una falta de voluntad para la molestia. Ambas tendencias tienen su lado bueno, pero también tienen sus peligros. La disciplina mental que se arriesga puede ser preservada por el simple consejo, sin la compulsión externa, siempre que el interés y la ambición intelectuales de un niño estén suficientemente estimulados. Un buen maestro estará en condiciones para hacer esto con un muchacho que es capaz de mucha ejecución mental, y para muchos de los otros la educación presente, puramente libresca, no es probablemente la mejor. Por este camino, en tanto que se comprueba la importancia de la disciplina mental, puede ser alcanzada probablemente, siempre que sea asequible, por una apelación en el discípulo a la consciencia de sus propias necesidades. En tanto que los maestros no esperen lograr el éxito es fácil que vayan deslizándose en una estúpida pereza y recriminen a sus discípulos, cuando realmente la falta es de ellos.
La inhumanidad en la lucha económica será casi inevitablemente enseñado en las escuelas en tanto que la estructura económica de la sociedad no sea cambiada. Éste debe ser particularmente el caso de las escuelas de la clase media, que dependen para el número de sus discípulos de la buena opinión de los padres y se aseguran la buena opinión de los padres procurando el éxito de los discípulos. Ésta es una de tantas cosas en las que la organización competentiva del Estado es perjudicial El deseo espontáneo y desinteresado de conocimiento no es verdaderamente poco común en los jóvenes, y es fácil de provocar en muchos de aquellos en quienes permanece latente. Pero es reprimido de modo implacable por los maestros que solamente píensan en exámenes, diplomas y grados. No se da a los niños más listos tiempo para pensar, tiempo para la indulgencia del paladeo intelectual desde el primer día que van a la escuela hasta que dejan la Universidad. Desde el primero hasta el último momento, no hay más que unas largas faenas de simulacros de examen y de hechos de libros de texto. Los más inteligentes quedan al fin disgustados de la enseñanza, deseando solamente olvidar y escapar de ella a la vida de acción. Aun aquí, como antes, la máquina económica los mantiene prisioneros y todos sus deseos espontáneos son pulverizados e impedidos.
El sistema de los exámenes y el hecho de que la instrucción sea tratada como para ganar la subsistencia hace que los jóvenes consideren los conocimientos desde un punto de vista puramente utilitario, como el camino a la riqueza y no como la puerta de la sabiduría. Esto no importaría tanto si afectara solamente a los que no tienen ningún interés intelectual genuino. Pero desgraciadamente afecta más a aquellos cuyos intereses intelectuales son más fuertes, pues sobre ellos es sobre quienes la presión de los exámenes recae con más severidad. Mas a éstos -a todos en cierto grado- se les presenta la educación como un medio de adquirir la superioridad sobre los otros; está infectada de extremo a extremo con la inhumanidad y la glorificación de la desigualdad social. Toda libre y desinteresada consideración demuestra que, cualesquiera que sean las desigualdades que puedan permanecer en la Utopía, las actuales desigualdades son casi todo lo contrario de la justicia. Pero nuestro sistema educativo tiende a ocultar esto por entero, a no ser en sus lados débiles, puesto que los que suben están en camino de aprovecharse de las desigualdades, animados por completo para ello por los hombres que han dirigido su educación.
La aceptación pasiva de la sabiduría de los maestros es fácil para la mayoría de los niños y de las niñas. No implica ningún esfuerzo de pensamiento independiente y parece racional porque el maestro sabe más que sus discípulos; es. por otra parte, el camino para ganarse el favor del maestro, a menos que éste sea un hombre muy excepcional. También el hábito de la aceptación pasiva es un hábito desastroso en la primera vida. Es causa de que los hombres busquen un conductor y acepten como tal a cualquiera que esté establecido en aquella posición. Forma el Poder de las Iglesias, Gobiernos, conventículos de partido y de todas las demás organizaciones que engañan a los hombres sencillos para que soporten los viejos sistemas que son dafíosos para la nación y para ellos mismos. Es posible que no hubiera mucha independencia de pensamiento aunque la educación hiciera todo lo posible por promoverla; pero verdaderamente habría más de la que hay ahora. Si el objeto fuera hacer que los discípulos pensarari, más bien que hacer que acepten ciertas conclusiones, la educación se llevaría de modo completamente distinto: habría menos rapidez de instrucción y más discusión, más ocasiones en que los discípulos se encontraran animados a expresarse por sí mismos, más probabilidades de hacer que la educación concerniera a las materias por las que los discípulos sintieran algún interés.
Sobre todo, habría un esfuerzo en levantar y estimular el amor a la aventura mental. El mundo en que vivimos es vario y asombroso: algunas de las cosas que nos parecen más sencillas se hacen más difíciles cuanto más las consideramos; otras cosas que nos parecía creer totalmente imposibles de descubrir han sido, sin embargo, puestas en claro por el genio y la industria. El poder del pensamiento, las vastas regiones que puede dominar, las regiones, mucho más vastas, que puede solamente sugerir de un modo oscuro a la imaginación, dan a todos aquellos cuya mente ha viajado más allá del camino de todos los días una sorprendente riqueza de materiales, una puerta de escape a la triviafidad y del aburrimiento de la rutina familiar, que llenan de interés toda la vida, y son derribadas las paredes de la prisión de la vulgaridad. El mismo amor a la aventura que lleva a los hombres al Polo Sur; la misma pasión por un tribunal conclusivo de fuerza, que hace que los hombres den la bienvenida a la guerra, puede hallar en el pensamiento creativo una salida que no es destructora ni crucial sino que aumenta la dignidad del hombre por encarnar en la vida alguno de los brillantes esplendores que el espíritu humano extrae de lo desconocido. Dar este placer, en uu medida más o menos grande, a todos los que son capaces de él, es el supremo fin por el que ha de ser valorada la educación de la mente.
Se dirá que el placer de la aventura mental es raro, que hay pocos que puedan apreciarle y que la educación ordinaria no puede tener en cuenta un bien tan aristocrático. Yo no lo creo así. El placer de la aventura mental es mas común en los jóvenes que en las personas mayores. Entre los niños es muy común y crece naturalmente sobre el período de la formación de creencias y de la fantasía. La hombres temen al pensamiento como no temen ninguna otra cosa sobre la Tierra: más que la ruina, más aún que la muerte. El pensamiento es subversivo y revolucionar destructivo y terrible; el pensamiento es impiadoso para el privilegio, las instituciones establecidas y los hábitos confortables; el pensamiento es anárquico y sin ley, indiferente a la autoridad, y no se le da ningún cuidado de la decantada sabiduría de las edades. El pensamiento contempla el pozo del infierno y no tiene miedo. Ve al hombre, una débil mota, rodeado de insondables abismos de silencio; le mantiene soberbiamente, tan impasible como si fuera el señor del Universo. El pensamiento es grande, rápido y libre; la luz del mundo y la gloria principal del hombre Pero si el pensamiento ha de hacerse posesión de muchos, no el privilegio de unos pocos, tendremos que hacer frente al temor, El temor mantiene a los hombres atrasados: temor a que se pruebe que sus creencias queridas son errores; temor a que se pruebe que son dañosas las instituciones por que viven; temor a que se pruebe que ellos mismos no son dignos de respeto en el grado que habían supuesto serlo. «¿Pensará el hombre libremente acerca de la propiedad? Entonces, ¿qué será de nosotros los ricos? ¿Pensarán los jóvenes y las jóvenes libremente acerca del sexo? Entonces, ¿qué será de la moralidad? ¿Pensarán los soldados libremente acerca de la guerra? Entonces, ¿qué será de la disciplina militar? ¡Fuera con el pensamiento! ¡Atrás a las sombras del prejuicio, no sea que se ponga en peligro la propiedad, la moral y la guerra! Mejor es que los hombres sean estúpidos, perezosos y opresores, que no que sus pensamientos sean libres. Porque si sus pensamientos fueran libres no pensarían como nosotros pensamos. Y este desastre debe ser evitado a toda costa.» Así argumentan los adversarios del pensamiento en los abismos inconscientes de sus espíritus. Y así obran en sus Iglesias, en sus escuelas y en sus Universidades.
Ninguna institución inspirada por el temor puede vivir en el más allá. La esperanza, no el miedo, es el principio activo en las cuestiones humanas. Todo lo que ha hecho grande al hombre ha brotado del intento de asegurar lo que es bueno, no de la lucha por evitar lo que se piensa que es malo. Por estar raramente inspirada la educación moderna por una gran esperanza es por lo que raramente produce un gran resultado. El deseo de preservar el pasado, mas bien que la esperanza de crear el futuro, domina las mentes de los que intervienen en la enseñanza de los jóvenes La educación no debe aspirar, en una pasiva enseñanza de hechos muertos, mas que a una actividad dirigida hacia el mundo que han de crear nuestros esfuerzos. Debe estar inspirada no por un ansia regresiva por las extinguidas bellezas de Grecia y del Renacimiento, sino por una visión brillante de la sociedad que ha de ser, por los triunfos que el pensamiento ha de lograr en los tiempos por venir y por un horizonte cada vez más ancho de la perspectiva del Universo ante los ojos del hombre. Aquellos a quienes se enseñe en este espíritu estarán llenos de vida, esperanza y alegría, aptos para tomar su parte en la obra de traer a la Humanidad un porvenir menos sombrío que el pasado, con fe en la gloria que puede crear el esfuerzo humano.


 Capítulo VIII. Lo que debemos hacer (fragmentos)

¿Qué podemos hacer en bien del mundo mientras vivimos?

Muchos hombres y mujeres desearían servir a la Humanidad, pero están perplejos y su poder parece infinitesimal.  La desesperación se apodera de ellos; los que tienen las pasiones más fuertes sufren más por el sentido de su impotencia y están más propensos a la ruina espiritual por falta de esperanza.

   En tanto que creamos solamente en el inmediato futuro, no es mucho lo que podemos hacer.  Es probablemente imposible para nosotros terminar con la guerra.  No podemos destruir el excesivo poder del Estado o de la propiedad privada.  No podemos, en estos momentos y entre nosotros, llevar una nueva vida a la educación.  En estas materias, aunque podemos ver el mal, no podemos curarle por entero por medio de ninguno de los métodos políticos ordinarios.  Debemos reconocer que el mundo está gobernado con un espíritu erróneo y que un cambio de espíritu no puede venir de un día a otro.  Debemos poner nuestras esperanzas en el mañana, tiempo en que lo que se piensa hoy por unos pocos sea el pensamiento común de muchos.  Si tenemos valor y paciencia podemos pensar los pensamientos y sentir las esperanzas por que, más pronto o más tarde, serán inspirados los hombres, y la debilidad y el desaliento se convertirán en energía y ardor.  Por esta razón, lo primero que debemos hacer es ser claros en nuestras propias mentes en cuanto a la clase de vida que creemos buena y a la clase del cambio que deseamos en el mundo.

   El último Poder de aqueIlos cuyo pensamiento es vital resulta mucho mayor de lo que parece a los hombres que sufren de la irracionalidad de la política contemporánea.  La tolerancia religiosa fue en un tiempo la especulación solitaria de unos pocos filósofos intrépidos.  La democracia, como teoría, llevó una gran cantidad de hombres al ejército de Cromwell, quienes después de la restauración, la llevaron a América, donde dio sus frutos en la guerra de la independencia.  Desde América, Lafayette y otros franceses que estuvieron combatiendo al lado de Washington i trajeron la teoría de la democracia a Francia, donde se unió a las enseñanzas de Rousseau e inspiró la revolución.  El socialismo, sea lo que sea lo que pensemos de sus méritos, es un Poder grande y creciente que está transformando la vida política y económica, y el socialismo debe su origen a un número muy pequeño de teorizantes aislados.  El movimiento contra la sujeción de la mujer, que se ha hecho irresistible y no está lejos de un completo triunfo, empezó por el mismo camino, con unos pocos idealistas impracticables - Mary Wollstonecraft, Shelley, John Stuart Mill.  El Poder del pensamiento en el largo transcurso es mayor que ningún otro Poder humano.  Los que tienen la facultad de pensar y la imaginación para pensar de acuerdo con las necesidades de los hombres realizarán quizá, más pronto o más tarde, el bien a que aspiran, aunque no probablemente mientras vivan todavía.

   Pero los que quieren ganar el mundo por el pensamiento deben resignarse a perderle como sostén en el presente.  La mayor parte de los hombres van a través de -la vida sin inquirir mucho, aceptando las creencias y las prácticas corrientes que encuentran, sintiendo que el mundo será su aliado si no se ponen en oposición con él.  Un nuevo pensamiento sobre el mundo es incompatible con esta confortable aquiescencia; requiere cierto destacamento intelectual, cierta energía solitaria, un Poder de dominar interiormente el mundo y los modos de apreciar que el mundo engendra.  Sin una voluntad para estar solitario no se puede realizar un nuevo pensamiento.  Y no se realizara para ningún propósito si la soledad va acompañada del alejamiento o si el destacamento intelectual lleva al desprecio.  Es a causa de que el estado mental requerido es sutil y difícil, porque es duro estar destacado intelectualmente y no alejado, por lo que el pensamiento sobre las cosas humanas no es común y los más de los teorizantes son o convencionales o estériles.  La clase recta de pensamiento es rara y difícil, pero no es impotente.  No es el temor a la impotencia lo que nos puede apartar del pensamiento, si tenemos el deseo de traer al mundo una nueva esperanza.

   Buscando una teoría política que haya de ser útil en un momento dado, lo que se necesita no es: la invención de una Utopía, sino el descubrimiento de la mejor dirección del movimiento.  La dirección que es buena en un tiempo es superficialmente muy diferente de la que es buena en otro tiempo.  El pensamiento útil es el que indica la dirección recta para el tiempo presente.  Mas para juzgar lo es la dirección recta hay dos principios generales que son aplicables siempre:

1. El progreso y vitalidad de los individuos y las colectividades han de ser promovidos en toda la extensión posible.

2. El progreso de un individuo o de una colectividad ha de ser lo menos posible a  expensas de  otro individuo u otra colectividad.

   El segundo de estos principios, aplicado por un individuo en sus relaciones con los demás, es el principio de reverencia, por el que la vida de otro tiene la misma importancia que sentimos que tiene nuestra propia vida.  Aplicado impersonalmente en la política, es el principio de libertad, o más bien comprende, como una parte de él, el principio de libertad.  La libertad en sí misma es un principio negativo; nos dice que nos interpongamos, pero no nos da una base para la reconstrucción.  Demuestra que muchas instituciones políticas y sociales son malas y que deben ser barridas, pero no nos muestra las que deben ser puestas en su lugar.  Por esta razón se requiere un principio más avanzado para que nuestra teoría política no sea puramente destructiva.

   La combinación de nuestros dos principios no es una materia fácil en la práctica.  Muchas de las energías vitales del mundo van por canales opresivos.  Los alemanes se han mostrado extraordinariamente llenos de
energía vital, pero desgraciadamente, en una forma que parece incompatible con la vitalidad de sus vecinos.  Europa, en general, tiene más energía vital que África, pero ha empleado su energía en agotar en África, por medio del industrialismo, la poca vida que los negros poseían.  La vitalidad de la Europa sudoriental está siendo agotada por el suministro de trabajo barato para las empresas de los millonarios americanos.  La vitalidad de los hombres ha sido en el pasado un obstáculo para el desarrollo de las mujeres, y es posible que en un futuro próximo las mujeres se conviertan en un obstáculo similar para los hombres.  Por estas razones, el principio de reverencia, aunque no suficiente en sí mismo es de una importancia muy grande y es apto para indicar muchos de los cambios políticos que requiere el mundo.

   En orden a que ambos principios puedan ser satisfechos, lo que se necesita es una unificación o integración, primero, de nuestras vidas individuales, después, de la vida de la colectividad y del mundo, sin sacrificio de la individualidad.  La vida de un individuo, la vida de una colectividad, y aun la vida de la Humanidad, deben ser no una cantidad de fragmentos separados, sino un todo en cierto sentido.  Cuando esto sucede el progreso del individuo es alentado y no es incompatible con el progreso de los otros individuos.  Por este camino se llega a la armonía de los dos principios.

   Lo que integra una vida individual es un propósito creativo consistente o una dirección inconsciente.  El instinto solitario no bastará para dar unidad a la vida de un hombre o de una mujer civilizados; debe haber algún objetivo dominante: una ambición, un deseo de una creación científica o artística, un principio religioso o afectos fuertes y duraderos.  La unidad de vida es muy difícil para el hombre o la mujer que han sufrido descalabros de cierto género, esto es, por haber sido refrenado o abortado el impulso dominante.  La mayor parte de las profesiones infligen, al fin, este género de derrota a un hombre.  Si un hombre se hace periodista, probablemente tendrá que escribir para un periódico cuya política le disgusta; esto mata en él el orgullo de su trabajo y el sentido de la independencia.  La mayor parte de los médicos encuentran verdaderamente penoso la obtención del éxito sin la charlatanería, por lo que queda destruida cualquier conciencia científica que pudieran haber tenido.  Los políticos están obligados no solamente a tragarse el programa del partido, sino a pretender ser santos, en orden a estar a bien con las personas religiosas que los apoyan; difícilmente podrá entrar un hombre en el Parlamento sin hipocresía.  En ninguna profesión hay respeto alguno para el orgullo nativo, sin el cual ningún hombre puede permanecer entero; en el mundo se le aplasta cruelmente, porque implica independencia, y los hombres, mas que ser libres ellos mismos, desean esclavizar a los otros.  La libertad interna es infinitamente preciosa y una sociedad que la preserve es imnensamente deseable.

   No se aplasta necesariamente el principio de progreso en un hombre para evitar que haga alguna cosa definida,  sino que se aplasta en él, frecuentemente, para persuadirle a que haga alguna otra.  Las cosas que aplastan el progreso son las que producen un sentido de impotencia en las direcciones en que los impulsos vitales desean ser efectivos.  Las cosas peores son aquellas a que la voluntad da su asentimiento.  Con frecuencia, principalmente después del fracaso del propio conocimiento, la voluntad del hombre está a un nivel más bajo que su impulso; su impulso va hacia algún género de creación, mientras que su voluntad va hacia un estadio convencional donde tenga una renta suficiente y el respeto de sus conciudadanos.  El ejemplo estereotipado es el artista que produce un trabajo pedestre por complacer al público.  Pero algunos de los impulsos definidos del artista existen en muchos hombres que no son artistas.  Por ser el impulso profundo y mudo, por estar frecuentemente contra él lo que se llama sentido común, porque un joven únicamente puede seguirle si pone sus propios sentimientos oscuros por encima y en contra de las sabias y prudentes máximas de los más viejos y de los amigos, ocurre en el 99 por 100 de los casos que un impulso creativo sobre el cual pudo haber nacido una vida libre y vigorosa es estorbado y torcido en su iniciación primera; el joven consiente en hacerse un instrumento, no un trabajador independiente; un simple medio para el cumplimiento de los demás, no el artífice de lo que su propia naturaleza siente que es bueno.  En el momento en que ejecuta este acto de consentimiento algo muere dentro de él.  Nunca volverá a ser de nuevo un hombre total, nunca volverá a tener de nuevo ileso el respeto a sí mismo, el orgullo erguido, que pudo haberle mantenido feliz en su alma, a despecho de todas las perturbaciones y dificultades exteriores, excepto naturalmente, si se convierte y hace un cambio fundamental en el camino de su vida.

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   La integración de una vida individual requiere la incorporación de cualquier impulso creativo que el hombre pueda poseer, y que su educación haya sido encaminada a deducir y fortalecer ese impulso.  La integración de una comunidad requiere que los diferentes impulsos creativos de los diferentes hombres y mujeres obren conjuntamente hacia una vida común, hacia un propósito común, no consciente de modo necesario, y que todos los miembros de la colectividad encuentren una ayuda para su realización individual.  Las más de las actividades que brotan de los impulsos vitales consisten en dos partes: una creativa, que va más allá de la propia vida de uno y de los demás, con el mismo género de impulso o de circunstancias; y otra posesiva, que impide la vida de algún grupo con diferente género de impulso o circunstancias.

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   La guerra ha puesto en claro que es imposible producir una integración segura de la vida de una colectividad particular mientras las relaciones entre los países civilizados estén gobernadas por la agresividad y la suspicacia.  A causa de esto, cualquier movimiento realmente poderoso de reforma tendrá que ser internacional.  Un movimiento simplemente nacional fracasará seguramente ante el temor y el peligro del exterior.  Los que desean un mundo mejor, o aunque sólo sea un mejoramiento radical del propio país, tendrán que cooperar con quienes tienen deseos similares en otros países, y consagrar gran parte de su energía a sobreponerse a la hostilidad ciega que la guerra ha intensificado.  No es en las integraciones parciales, como las que produce el patriotismo solitario, en lo que se ha de buscar la última esperanza. El problema está tanto en las cuestiones nacionales e internacionales como en la vida individual, en mantener lo que es creativo en los impulsos vitales, y  al mismo tiempo hacer que vaya por otros canales la parte que al presente es destructivo.

   Los impulsos y deseos de los hombres se pueden dividir en creativos y posesivos. Algunas de nuestras actividades van dirigidas a crear lo que no existiría de otro modo; otras van dirigidas hacia la adquisición o la retención de lo que existe ya. El impulso creativo típico es el del artista; el impulso posesivo típico es el del propietario.  La vida   mejor es la que hace el papel mayor de los impulsos creativos y el menor de los posesivos.  Las instituciones mejores serán las que produzcan la creatividad más grande posible y la posesividad menor,

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   El Estado y la Propiedad son las grandes incorporaciones de la posesividad; por esta razón es por lo que van contra la vida y hacen la guerra.  La posesión significa tomar o conservar alguna cosa buena de cuyo disfrute se prive a otro; la creación significa poner en el mundo alguna cosa buena que de otro modo no pudiera disfrutar nadie.  (...) El principio supremo en política y en la vida privada debe ser promover todo  lo que sea creativo, y disminuir así los impulsos y deseos que se concentran alrededor de la posesión.

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   La educación, el matrimonio y la religión son esencialmente creativos, si bien han sido viciados por la intromisión de motores posesivos. La educación está tratada usualmente como un medio de prolongar el statu quo  destilando prejuicios, más bien que de crear un pensamiento libre y una noble apreciación de las cosas por el ejemplo de sentimientos generosos y el estímulo de la aventura mental. En el matrimonio, el amor que es creativo, está encadenado por los celos, que son posesivos. La religión, que establecería libremente la visión creativa del espíritu, se atiene, generalmente, más a la represión de la vida del instinto y a combatir las sublevaciones del pensamiento. Por todos estos lados, el miedo que crece sobre la posesión precaria ha reemplazado a la esperanza inspirada por la fuerza creativa.

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   Pero aunque la diversión y la aventura deban tener su parte, es imposible crear una vida buena si son las que principalmente se desean.  El subjetivismo, el hábito de dirigir el pensamiento y el deseo hacia nuestros propios estados mentales más bien que hacia algo objetivo, hace la vida inevitablemente fragmentaria y no progresiva.  El hombre para quien la diversión es el fin de la vida tiende a desinteresarse gradualmente de las cosas fuera de las cuales está acostumbrado a obtener diversión, desde el momento en que no da valor a aquellas cosas por su propia aliento, sino a cuenta de los sentimientos que producen en él.  Cuando ya no son divertidas el aburrimiento le arrastra a buscar estímulos nuevos, que decaen a su vez.  La diversión consiste en una serie de momentos sin una continuidad esencial; un propósito que unifica la vida es de los que requieren una actividad prolongada, y es como construir un monumento y no un infantil castillo de arena.

   El subjetivismo tiene otras formas además de la mera persecución de la diversión.  Muchos hombres cuando están enamorados se interesan más en su propia emoción que en el objeto de su amor; este amor no lleva a ninguna unión esencial, sino que deja entera una separación fundamental.  Tan pronto como la emoción se desarrolla con menos vida, la experiencia ha cumplido ya su propósito y no busca ya un motivo para prolongarla.  En otro camino, el mismo mal del subjetivismo fue alentado por la religión y la moralidad protestantes por dirigir la atención hacia el pecado y el estado del alma más bien que al mundo exterior y a nuestras relaciones con él. ninguna de esas formas de subjetivismo puede evitar que la vida de un hombre sea fragmentaria y aislada.  Solamente una vida que brota de los impulsos dominantes, dirigidos a fines objetivos, puede ser un todo satisfactorio o estar íntimamente unida a las vidas de los demás.

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   El mundo civilizado tiene necesidad de cambios fundamentales si ha de ser salvado de la decadencia; cambios en su estructura económica y en su filosofía de la vida.  Aquellos de nosotros que sienten la necesidad del cambio no deben caer todavía en una desesperación estúpida: si los seleccionamos podemos tener una profunda influencia en el futuro.  Podemos descubrir y predicar la clase de cambio que se requiere, la clase de cambio que preserve lo que es positivo en las creencias vitales de nuestro tiempo y por la eliminación de lo que es negativo y no esencial produzca una síntesis a la que pueda rendir homenaje todo lo que no es puramente reaccionario.  Tan pronto como se haya puesto en claro la clase de cambio que se requiere, será posible trabajar sobre sus condiciones con más detalle.  Pero hasta que la guerra haya terminado no hay por qué estudiar los detalles, desde el momento que no sabemos qué clase de mundo va a dejar la guerra.  Lo único que parece indudable es que se requerirá mucho pensamiento nuevo en el mundo nuevo producido por la guerra.  Los criterios tradicionales prestarán poca ayuda.  Es claro que las acciones más importantes de los hombres no van guiadas por la especie de motivos que se alientan en las filosofías políticas tradicionales.  Los impulsos merced a los cuales la guerra se ha producido y se ha sostenido vienen de una región más profunda que la mayoría de argumentos políticos.

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   Las filosofías de vida, cuando son ampliamente creídas, tienen también una influencia muy grande en la vitalidad de una colectividad.  La filosofía de vida más ampliamente aceptada al presente es que lo que importa más para la felicidad de un hombre es su renta.  Esta filosofía, aparte de otros deméritos, es dañosa porque conduce a los hombres a aspirar a un resultado más bien que a una actividad, a un disfrute de bienes materiales en el que no se diferencian los hombres más bien que a un impulso creativo que incorpore la individualidad de cada hombre.  Las filosofías más refinadas, tal como la alta educación las instila, inducen a fijar la atención en el pasado más bien que en el futuro, y sobre el proceder correcto más bien que sobre la acción efectiva.  No es en filosofías tales donde los hombres pueden encontrar la energía para llevar alegremente el peso de la tradición y los conocimientos siempre acumulados.

   El mundo tiene necesidad de una filosofía o de una religión que promuevan la vida.  Pero en orden a promover la vida es necesario dar valor a algo más que a la vida solamente.  La vida consagrada solamente a la vida es animal, sin ningún real valor humano, incapaz de preservar a los hombres permanentemente del fastidio y del sentimiento de que todo es vanidad.  Si la vida ha de ser plenamente humana debe servir a algún fin que parezca en cierto sentido fuera de la vida humana, algún fin que sea impersonal y esté sobre el género humano, tal como Dios, o la Verdad, o la Belleza.  Los que mejor promueven la vida no tienen vida para su propósito.  Aspiran más bien a lo que parece como una encarnación gradual, una introducción en nuestra existencia humana de algo eterno, algo que se aparece a la imaginación como viviendo en un ciclo remoto de las luchas y los fracasos y las devoradoras jaurías del Tiempo.  El contacto con este mundo eterno, aunque sea solamente un mundo de nuestra imaginación, trae una fuerza y una paz fundamental que no pueden ser totalmente destruidas por los combates y aparentes derrotas de nuestra vida temporal.  Esta feliz contemplación de lo eterno es lo que Spinoza llama el amor intelectual de Dios.  Para aquellos que le han conocido una vez es la llave de la sabiduría.

   Lo que debernos hacer, prácticamente es diferente en cada uno de nosotros, según nuestras capacidades y nuestras oportunidades.  Pero si tenemos la vida del espíritu dentro de nosotros, lo que debemos hacer y lo que debemos evitar se nos hará visible.

   Por el contacto con lo eterno, por la consagración de nuestra vida a traer algo de lo divino a este mundo perturbado, podemos hacer que nuestras propias vidas sean creativas aún hoy, incluso en medio de la crueldad y de la lucha y el odio que nos rodean por todas partes.  Hacer creativa la vida individual es más duro en una comunidad basada en la posesión que lo sería en una colectividad como la que el esfuerzo humano podrá construir en el futuro.  Los que han de empezar la regeneración del mundo deben hacer frente a la indiferencia, a la oposición, a la pobreza, a la murmuración.  Deben poder vivir por la verdad y el amor con una racional esperanza inconquistable; deben ser honrados y sabios e ir guiados por un propósito consistente.  Una corporación de hombres y mujeres inspirados así, conquistará primero las perplejidades y dificultades de sus vidas individuales; después, con el tiempo, quizá aun dentro de mucho tiempo solamente, al mundo exterior.  Sabiduría y esperanza es lo que necesita el mundo; y aunque combate contra ellas, les concede su respeto al fin.

   Cuando los bárbaros saquearon Roma, San Agustín escribía La ciudad de Dios, poniendo una esperanza espiritual en lugar de la realidad material que habla sido destruida.  A través de los siglos que siguieron, la esperanza de San Agustín vivió y daba vida, mientras Roma descendía a ser una aldea de chozas.  También nos es necesario a nosotros crear una nueva esperanza, construir en nuestro pensamiento un mundo mejor que el que se está impeliendo a la ruina.  Por ser los tiempos malos se requiere más de nosotros de lo que se requeriría en tiempos normales.  Solamente un supremo fuego de pensamiento y de espíritu puede salvar a las generaciones futuras de la muerte que ha sobrevenido sobre las generaciones que conocemos y amamos.

He tenido la buena fortuna de estar en contacto, como maestro, con jóvenes de muchas naciones diferentes, jóvenes en quienes estaba viva la esperanza, en los que existía la energía creativa que hubiera realizado en el mundo alguna parte al menos de la belleza imaginada por que vivían.  Han ido a la guerra, unos de una parte, otros de otra.  Algunos están todavía combatiendo, otros están mutilados para siempre, otros han muerto; de los que sobreviven, puede temerse que muchos hayan perdido la vida del espíritu, habrá muerto la esperanza, se habrá gastado la energía, y los años por venir serán para ellos solamente una jornada fatigante hacia la tumba.  De esta tragedia, ni unos pocos de los que enseño parecen tener el sentimiento: con lógica crueldad prueban que aquellos jóvenes han sido sacrificados inevitablemente por algún fin fríamente abstracto; imperturbables, se deslizan apresuradamente en el placer tras un momentáneo asalto del sentimiento.  En hombres así la vida del espíritu está muerta.  Si estuviera viva subirían a unirse en espíritu con aquellos jóvenes con un amor tan penetrante como el amor del padre o de la madre.  Si no hicieran aprecio de sus propios destinos, la tragedia de aquéllos hubiera sido su propia tragedia.  Alguna vez gritarían: «No, esto no está bien hecho esto no es bueno; no es una causa sagrada ésta, en la que la flor de la juventud está siendo destruida y enturbiada.  Nosotros los viejos somos los que hemos pecado; hemos enviado a los jóvenes a los campos de batalla por nuestras malas pasiones, nuestra muerte espiritual, nuestro fracaso de vivir generosamente sobre el ardor del espíritu y sobre la visión viva del espíritu.  Dejadnos salir de nuestra muerte, porque nosotros somos los que hemos muerto, no los jóvenes que cayeron a causa de nuestro miedo a la vida.  Sus espectros tienen más vida que nosotros: ellos nos exponen para siempre a la afrenta y a la vergüenza de las edades por venir.  Sobre sus sombras debe llegar la vida, y somos nosotros los que debemos vivificarla.»